lunes, 20 de febrero de 2012

Sobre la armonía... 1

¿Cabe referir la armonía en el ámbito de otras artes que no sea la música? Ciertamente, hay que distinguir varios usos de este término que, en el ámbito de la música, a adquirido un carácter muy restrictivo:  el que hace referencia al estudio de la percepción del sonido en forma «vertical» o «simultánea» que se lleva a cabo mediante los acordes. Así, la armonía se refiere a una técnica, a un instrumento mediante el cual podemos organizar, articular, los sonidos. Implica un conjunto de reglas objetivas que explican el qué y cómo de los acordes. Queda al margen el posible estudio de las posibles relaciones entre otras objetivaciones de la música, sobre todo el ritmo, el timbre. Pienso, que la música se ha apropiado de la palabra armonía para designar a una técnica, un instrumento, un modo de organizar los materiales estrictamente musicales. En este sentido, la armonía no tiene relación con la pintura, ni con la escultura, ni con ninguna de las artes, por lo específicamente musical de su función.

Existe otro sentido de la palabra armonía, mucho más englobante, que se refiere al modo en el que están dispuestas las diferentes objetividades de cada una de las artes. Habrá armonía cuando esas objetividades estén bien dispuestas, bien organizadas formando un conjunto homogéneo, una totalidad bien formada, equilibrada. A todo esto Lukács le llamará el medio homogéneo de cada una de las artes. En la música, hablamos de cómo están relacionados el ritmo, la melodía, la armonía, el timbre, ... y el resultado de esa interrelación es la obra en sí. Se suele calificar a las obras armónicamente conformadas como bellas, por la capacidad para diluir las diferencias entre las diferentes objetividades en pos de un espíritu de conjunto. Este concepto de armonía, pienso, es común a todas las artes y suele referirse a él con el adjetivo de clásico.

Pero, ciertamente, nuestro objetivo no es, como diría Ortega, estudiar al hombre por su sombra, o al rábano por las hojas, y por ello es necesario ampliar el horizonte de significado de la palabra armonía y volver la mirada a lo que entendían los filósofos griegos, horizonte que a lo largo de la modernidad parece haber sufrido un proceso de minimización. Armonía, o diosa de la concordia, refiere a la unificación de muchos términos que se hallan en confusión, o sea, al acuerdo entre elementos discordantes. No hace referencia exclusiva a la obra de arte y, por lo tanto, debe ser aplicado a la totalidad del universo. Hablamos de la armonía del cosmos, o de la música de las esferas que gustaba decir a los pitagóricos. Con ello, es fácil que los aspectos morales y éticos de la armonía saltaran al ruedo en esa época y se desarrollase una ética musical. La mousiké, o el arte de las musas, pues, estaba vinculada a la vida en sociedad, a la moral.  ¿En qué sentido?

En términos de la praxis, del quehacer humano, de la poiesis aristotélica, cualquier manifestación artística está inserta en un mundo de vida compartido por todos. En este sentido, la obra de arte no puede considerarse un objeto, sino que viene determinada por un conjunto de relaciones intersubjetivas, piénsese en el creador y en el receptor, que hacen de ésta algo más que una vulgar cosa, sino que más bien adquiere la forma de un horizonte de significación en el cual los sujetos se van haciendo, conformando.

Ese nivel de significación, de normatividad, se pierde cuando la obra de arte queda desvinculada, vaciada, de toda relación con el mundo de la vida, y esa pérdida nos deja desnudos ante la realidad, la cruda realidad. Whitney Houston, y tantos otros artistas talentosos, nos vienen a la mente y nos hacen preguntar una y otra vez que es lo que falla en este invento. En esto, Platón y Aristóteles fueron radicales: la obra en sí no nos lleva a ninguna parte, más aún, nos dirige irremisiblemente a la perdición. ¿Culto a la voz, culto a la persona, culto a la obra de arte? ¿Armonía o sumisión?

domingo, 19 de febrero de 2012

MiSióN SuB. 4 HoRaS 15 MiNuToS... 5

Última parada y fonda antes de llegar a Pontevedra. Ya no cabe mirar atrás, sólo recuerdos. Jódar, 20 km: 1 h 35´05´´, no es de las mejores marcas, pero me mantengo en guardia. Los parciales: 24´01´´-23´36´´-´23´32´´-23´56´´.

martes, 14 de febrero de 2012

Sobre el arte popular... 4

Se suele utilizar el concepto de arte popular en contraposición al arte serio o culto, ese que hoy en día ocupa las galerias de arte, museos, salas de concierto, etc. Roger Scruton en su artículo El valor del arte (en "LO QUE PIENSAN LOS FILÓSOFOS". Julian Baggini/Jeremy Stangroom. Paidós Contextos. 2011), no duda en otorgar un valor superior al arte culto frente al popular ya que para él es un medio para la mejora del hombre. Hablamos pues de un componente ético y moral en toda creación artística culta. Pero, ¿dónde radica ese valor superior del arte elevado?

Para Scruton este valor está basado en la distinción entre imaginación/fantasía y emociones reales/emociones sentimentales. Estos caracteres remiten, como él mismo dice, a cuestiones filosóficas muy complejas. Pero en cualquier caso, la fantasía y las emociones sentimentales adquieren en él un tono peyorativo, desfavorable frente a la imaginación y la emoción real.

Conviene aclarar el sentido de estos términos. Para ello inicio un acercamiento al Breve tratado de la ilusión de Julián Marías, donde nos habla de los dos sentidos que pueden adquirir el término ilusión en nuestra lengua castellana, un original peyorativo, como engaño de los sentidos, y uno positivo, que poco a poco se fue conformando a lo largo del tiempo hasta asegurarse su propio lugar en el universo de las significaciones, hablamos de la ilusión por los hijos, por el trabajo, por los amigos, por la vida. Supongo que Scruton trata de incidir en esa diferencia.

¿Es pertinente esta diferenciación entre fantasía e ilusión? Sí, es necesaria, pero deja sin resolver el gran asunto por el que la saca a relucir, ¿dónde radica ese valor superior del arte elevado? Más aún, ¿todo arte elevado se mueve dentro del ámbito de las emociones reales y de la ilusión en el sentido positivo del término? Por el contrario, ¿todo arte popular es el dominador del reino de la fantasía y de las emociones sentimentales?

Como bien dice, esta división, entre lo culto y lo popular, no debe entenderse de forma rígida y pone un ejemplo:

<<(...)existe una música pop muy sofisticada. Alguien como Eric Clapton es un gran conocedor de la forma melódica y la progresión armónica, y también de cómo conjugar ambas. 

 »No es mi intención condenar toda la música popular», dice. «Cuanto más avanza en la dirección de la adecuada conducción de las voces y de los conocimientos de la armonía, más claras son las emociones, menos estridente el sonido, y menos iconoclasta y dionisíaco el resultado.>>

Sin duda, Scruton tiende a limitar el campo de acción de conceptos como música culta y música popular. Su insistencia en la importancia de términos como armonía, conducción de voces, sólo remarcan el excesivo ensimismamiento en  un entender la música actual desde un  punto de vista muy limitado. Hoy en día, la armonía ha dejado de ser el punto de vista único desde el cual dirigirse al variado universo de la música. Aspectos como el timbre, el ritmo, han diluído el excesivo hincapié en el componente armónico que brindaron otras épocas.

Me temo que este interés en la armonía no estriba en una mera falta de oído para las otras objetivaciones insertas en lo musical. Intuyo cierto interés en vanagloriar la cultura occidental en la que él está inserta y que, en lo musical, se distingue de las otras culturas por la armonía. La armonía, en el sentido restringido que utiliza Scruton como la correcta conducción de las voces, es exclusiva de la música occidental, pero no por ello puede ser medida de la música. En mi opinión, queda en el aire la fundamentación racional de ese componente ético y moral de la música, sea culta o popular.

sábado, 11 de febrero de 2012

MiSióN SuB. 4 HoRaS 15 MiNuToS... 4

Más de una vez me han preguntado por lo que pienso durante las largas caminatas. Hoy, en un control de 5 km, no me ha dado tiempo a pensar, pero llevaba un ritmo ostinato de mambo que no me lo quitaba de la cabeza:



Por cierto, 22´46´´. Suma y sigue.

jueves, 9 de febrero de 2012

Sobre el orgullo... 1

Entiendo por orgullo al resultado o respuesta a cierta excitación, ya sea externa o interna, mecánica o espiritual, aplicada mediante diferentes medios al ser humano en tanto ser fisiológicamente conformado. Junto con el amor, el miedo, la risa, etc... el orgullo es parte de nuestro ethos, entendido éste como nuestra guarida, nuestra morada, como el lugar donde habita el hombre, sentido que, con Aristóteles, adquirió un tono más racional y que nos refiere al hábito o la conducta que el hombre va conformando a lo largo de su vida.

Y sobre esto, y sin ánimo de pasar de puntillas sobre la rabiosa actualidad, sí, sobre el orgullo patrio me dispongo polemizar. Valga el primer párrafo como punto de partida, mas no de llegada.

Como he dicho, el orgullo no es más que una conducta/respuesta de origen fisiológico. Que sea bueno o malo no depende, pues, del propio orgullo, ya que éste no es una entidad metafísica o idea que esté más allá de nuestro cuerpo. Como respuesta fisiológica, el orgullo está anclado en nuestra corporalidad y puede ser entendido, desde el punto de vista dinámico, como una fuerza o mecanismo de defensa que sale a la luz ante un ataque exterior que intenta romper el status quo del sujeto. Mecanismo de defensa que poseemos todos, como seres humanos que somos, y que nos es lícito utilizar en el momento que creamos oportuno -coletilla políticamente correcta. El orgullo, pues, no es bueno o malo en sí. Así, no es cuestión de mucho orgullo o poco orgullo, de la típica receta de para esto una pizca y para aquello cuarto y mitad. Como amigo fiel, siempre está ahí para lo que necesitemos, como recurso, como hábito que nos ayuda a conformar nuestro yo, nuestra yoidad. En este sentido, entendemos que el orgullo es pieza fundamental en los procesos conformadores como la educación: el orgullo de ser algo en la vida, por ejemplo. Los padres saben que deben resguardar a sus hijos ante determinadas influencias externas que les pueden desviar el camino hacia el llegar a ser. El orgullo, por tanto, actúa como esa burbuja que resguarda todo lo que tiende a conformarse, en nuestro caso, el sujeto incompleto.

Pero cuando hablamos de un sujeto embotado, relleno, por la acumulación de ideales, de esa pertinaz e incomprensible manía de completar, como sea, el yo, la defensa que realiza el orgullo se convierte en in-operativa. Más aún, en contraproducente. El sujeto lleva a cabo crecimiento insano, desproporcionado, irrefrenable, que rompe cualquier límite, y termina explotando en mil pedazos.

Y si me permitís el salto, a la sociedad le sucede lo mismo. Me temo que vivimos, hoy en día, en una sociedad embotada por los ideales que, en el mundo del deporte, por ejemplo, vienen representados por personas de carne y hueso. Amigos, ¡no!, todo el deporte español no ha sido maltratado por los franceses. Justamente todo lo contrario, ha sido la idea de deporte español fruto de la propaganda estatal -tanto unos como otros son culpables- la que ha sido vilipendiada. ¿Y que me importan las ideas, la propaganda? Pero, me pregunto, ¿es que me refiero a un deporte español embotado, imflamado, sobredimensionado?

Mientras me pregunto si hemos perdido hasta la gracia en este proceso idealizador, miro atrás y canturreo con Lola "la piconera":