Le debo esta entrada a mi amigo Isidoro Villena Reinoso y su mágnifica ponencia del pasado 1º de Mayo en la que compartimos mesa. El 22 de junio de 1941, cuando el embajador alemán en la URSS, el conde von der Schulenburg, entregó la declaración de guerra a Molotov, éste le despidió con un lacónico: no nos lo merecíamos [1] . Y el ministro de asuntos exteriores soviético tenía razón en ello porque los soviéticos llevaban desde antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre del 39´, colaborando estrechamente con los alemanes política y económicamente. Pero ésta había sido una relación de conveniencia entre dos líderes y dos regímenes que se sabían enemigos acérrimos. Evidentemente, esta relación de conveniencia entre alemanes y rusos era un reflejo claro de la política de clausura operacional que vino a instaurar Stalin años antes. En cualquier caso, la guerra tuvo un impacto extraordinario en todos los órdenes de la vida rusa. Y la estética no fue menos. En...
Y mi amor fue tomando forma, igual que una sonrisa tímida.