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Sin título... y sin que sirva de precedente.


"Todas las obras tienen carácter de cosa. ¿Qué serían sin este carácter? Pero quizás nos moleste esta manera tan tosca y superficial de ver la obra. Tal representación de la obra puede tenerla el guardián o la criada del museo. Debemos, pues, tomar la obra de arte como aquellos que la experimentan y la gozan. Pero también la muy invocada vivencia estética pasa por alto lo cósico de la obra de arte".
Martin Heidegger, Arte y poesía. FCE, 1958, pg.40

Así, sin querer, querido Heidegger, nos damos de bruces con la realidad. La cosificación más brutal de la obra de arte, su hiperformalización -119.9 millones de dólares (91,2 millones de euros), genera automáticamente lo opuesto, la subjetivación más obscena: “Es la máxima representación del miedo, la alienación y por extensión, simboliza cualquier reacción emocional negativa respecto a cualquier cosa”. Lo dice Philip Hook, que de esto sabe tela.

Pero, cuestiones subjetivas a parte, y es que poco me importa a donde deben ir destinados esos millones -cuestión externa- o si esa obra es la máxima representación de no se que cosa -cuestión interna-, mi pregunta es: ¿qué se esconde detrás de este juego simbólico? ¿Es necesario un nuevo paradigma estético que haga añicos esta dialéctica impúdica sobre la cual nos movemos a diario?

Proseguimos. 

El texto de Heidegger nos abre la puerta a otra cuestión: la relación entre obra de arte/artista creador. La disfunción entre estos elementos, objetivos, se acentúa con la muerte del artista. Resulta ocioso recordar que la obra de arte, cosas de su peculiar materialidad, tiende a durar más en el tiempo que el artista. Pero lo que nos interesa ahora es el "momento" en el que obra de arte y artista coinciden en el tiempo, y es ahí donde el actual paradigma estético muestra su momento más reaccionario, usurpador, desatando su angustia imperiosa, esa necesidad de vaciar de sustantividad to obra de arte para, posteriormente, llenarla de ... comodidades y lujos:

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