Al igual que la obra de arte, la libertad no es más que un acto humano que interviene en un contexto socio-simbólico concreto. Este contexto, entendido como un amplio sistema modal, como maneras -repertorios siempre limitantes- de ponernos a jugar a la vida, nunca puede ser cerrado, sino que presenta mutaciones. La historia a si lo demuestra. La cerrazón suele vincularse hoy en día a un universo sagrado de carácter revelado, como pueden ser las sagradas escrituras o la propia razón moderna, sobre todo en el momento en que, tanto una como otra, reniegan de la intervención humana con el fin de mantener cierta -y necesaria- estabilidad vital. Suele pasar que el interés que se muestra en minimizar la intervención del hombre oculta la intervención partidista de unos pocos, de una élite. Porque, no cabe duda, de que es imprescindible la interpretación de los símbolos puestos en juego.
¿Cabe referir la armonía en el ámbito de otras artes que no sea la música? Ciertamente, hay que distinguir varios usos de este término que, en el ámbito de la música, a adquirido un carácter muy restrictivo: el que hace referencia al estudio de la percepción del sonido en forma «vertical» o «simultánea» que se lleva a cabo mediante los acordes. Así, la armonía se refiere a una técnica, a un instrumento mediante el cual podemos organizar, articular, los sonidos. Implica un conjunto de reglas objetivas que explican el qué y cómo de los acordes. Queda al margen el posible estudio de las posibles relaciones entre otras objetivaciones de la música, sobre todo el ritmo, el timbre. Pienso, que la música se ha apropiado de la palabra armonía para designar a una técnica, un instrumento, un modo de organizar los materiales estrictamente musicales. En este sentido, la armonía no tiene relación con la pintura, ni con la escultura, ni con ninguna de las artes, por lo específicamente musical...

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