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En torno a... "El Proceso" de Franz Kafka... 1


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¿Quién es el tribunal?, ¿quién es el juez?, ¿cuáles son los cargos?... Son las preguntas que nos pueden asaltar a lo largo de la lectura de esta novela. Preguntas, evidentemente, que se convierten en retóricas una vez que culmina, porque el juez, el tribunal y los cargos ya parecían estar inscritos en el propio K..., el sujeto protagonista. Y es que, tal como venimos diciendo en otros contextos, el hombre se halla marcado desde un principio, desde su nacimiento. Sólo que no se es consciente de esa marca hasta que llega el momento de la detención inexplicable, todo sea dicho. Y es esa marca, la que apremia a la conciencia, la que ejercerá de fuerza rectora de la novela. ¿En qué sentido esa marca o fisura, ese algo que no tiene historia porque ya está inscrito en el propio ser, puede regular una trama de carácter histórico lineal?
Debemos de tener en cuenta que en el ser humano podemos descubrir dos niveles o estratos en su darse como sujeto real: el ontológico, el que se sitúa en la esencia del propio ser, lo Real del hombre, es decir, lo que hace que el hombre sea hombre en todas las circunstancias (hablamos de su universalidad); y el nivel simbólico e ideológico (niveles axiológico y categorial), lo Irreal, con el que el propio hombre, el propio sujeto, se mueve en la vida cotidiana y que, por ello, porque la vida cotidiana del hombre es distinta en cada una de las manifestaciones, tiene un carácter plural, distinto (hablamos de la singularidad). Es a través de ese juego entre los dos niveles con el que el autor trata de dar consistencia y validez estética a su obra. La tensión en la novela, por lo tanto, no es diacrónica, entendida como mera acumulación de situaciones que dan lugar a un alumbramiento, a una resolución imprevista, sino sincrónica, en el sentido de que los hechos que suceden no son más que las distensiones o los roces entre esos dos niveles que se hayan “encarnados” en un mismo sujeto.
Parece ser un lugar común el denominar dicho enfoque sincrónico con el término de existencialismo. Pero más allá de esta categoría, que hoy en día parece hacer referencia a una corriente heterogénea y poco sistemática que se sitúa cronológicamente entre los siglos XIX y XX, nosotros trataremos de centrarnos en algunos de esos momentos de la novela en los cuales quedan reflejados de manera magistral esas distensiones o roces entre los dos estratos (el Real y el Irreal), es decir, el descubrir dónde se habla de ontología a través de un lenguaje categorial y axiológico concreto. Consideramos, pues, que el existencialismo no es un mero fenómeno o una manera de manifestar nuestra “modernidad dolida”, o sea, la que atiende a los problemas irresolubles de nuestra esencia humana en una época en crisis como la que se vivió en el siglo XIX y XX, sino que se puede hallar en cualquier manifestación artística de cualquier época. Quizás sea en las épocas donde la crisis se agudiza donde el existencialismo se haga patente con mayor fuerza. Por ello, el centrarnos en aclarar esa forma de articular los dos estratos en una obra paradigmática como El Proceso nos puede servir para analizar otras manifestaciones artísticas “críticas” de cualquier otra época.

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