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En torno a... "La Agonía del Cristianismo"... y 5


5. El pecado
Y nos embarcamos en nuevos problemas al intentar resolver esa contradicción, resolverla en el sentido de eliminarla. Pero, ¿qué sería del hombre sin esa contradicción? Ciertamente, el hombre, desde el punto de vista ontológico, es un ser contradictorio, es decir, marcado por el pecado original, por esa fisura, grieta. El hombre es un ser que lleva inscrita su falta, y esa falta es la condición de su propia libertad. Es el precio de la manzana del conocimiento.
A partir de esa contradicción fundamental, la que es capaz de iniciar esa tendencia en el hombre, ese progreso, ese movimiento de la vida en el que nos vemos inmersos, aparecen otras contradicciones relativas a su praxis, es decir, que tienen que ver con las decisiones que el propio sujeto toma a la hora de enfrentarse a los problemas que le toca vivir. En este sentido, si, tan como hemos advertido en la entrada anterior, esa contradicción fundamental genera dos tipos de fuerzas o tendencias en el hombre, la libertad del hombre se tendrá que evaluar a partir de esas tendencias, o sea, que podríamos referirnos a dos tipos de pecados, los pecados de la carne y los pecados del espíritu.
Por lo dicho en estas entradas, podemos insinuar que el peligro de la carne sería el no tener fe en la ley. Y ese pecado, para Unamuno, es el de la promiscuidad. El hombre promiscuo se apodera de todo el plusvalor de la comunidad, de toda su fuerza, para fines particulares. Aquí pone un ejemplo maravilloso sacado de su paso por la comarca de las Hurdes:
En cierta ocasión hablaba yo con un anciano campesino, un pobre serrano, cerca de las Hurdes, región del centro de España que pasa por ser salvaje. Le preguntaba si es que por allí vivían en promiscuidad. Me preguntó qué era eso, y al explicárselo, contestó: “¡Ah, no! ¡Ahora ya no! Era otra cosa en mi juventud. Cuando todos tienen la boca limpia se puede beber en un mismo vaso. Entonces no había celos. Los celos han nacido desde que vinieron esas enfermedades que envenenan la sangre y hacen locos e imbéciles. Porque eso de que le hagan a uno un hijo loco o imbécil, que no le sirva para nada luego, eso no puede pasar”1.
Mutatis mutandis, ¿no es esa la misma realidad de la sociedad neoliberal actual? ¿No asistimos a la escenificación de los mismos temores en relación al futuro de nuestros hijos?
Pero la ley también tiene sus peligros, o sus pecados, y serían, como no puede ser de otra manera, los que demuestran una falta de fe en la comunidad. Y el pecado que resume esa actitud es el de la avaricia. El hombre avaro se apropia del plusvalor que genera la ley, de todo su fuerza, para un uso particular. Aquí Unamuno no pone ningún ejemplo tan clarificador como el anterior. Pero, asumamos el riesgo nosotros.
Es muy usual en el contexto académico, asumir este dicho: “en la clase se enseña, y el la casa de educa”. Bien, pues esta simple y, aparentemente, inofensiva sentencia, esconde detrás al avaro. Porque, ¿en qué medida un maestro o profesor no debe asumir su parte como “educador”? Un profesor, un maestro, aunque sea funcionario, o sea, trabaje dentro del entramado de la ley, no deja de ser un sujeto como cualquier otro, un sujeto con falta, y por ello, también con la obligación de dar cuenta a esa contradicción fundamental (comunidad/ley). El ser un funcionario de la ley le da los derechos de trabajar para la ley, pero no por ello pierde las obligaciones que conlleva pertenecer a la humanidad.
1Ibíd. p. 112-13.

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