Al igual que la obra de arte, la libertad no es más que un acto humano que interviene en un contexto socio-simbólico concreto. Este contexto, entendido como un amplio sistema modal, como maneras -repertorios siempre limitantes- de ponernos a jugar a la vida, nunca puede ser cerrado, sino que presenta mutaciones. La historia a si lo demuestra. La cerrazón suele vincularse hoy en día a un universo sagrado de carácter revelado, como pueden ser las sagradas escrituras o la propia razón moderna, sobre todo en el momento en que, tanto una como otra, reniegan de la intervención humana con el fin de mantener cierta -y necesaria- estabilidad vital. Suele pasar que el interés que se muestra en minimizar la intervención del hombre oculta la intervención partidista de unos pocos, de una élite. Porque, no cabe duda, de que es imprescindible la interpretación de los símbolos puestos en juego.
Ballesterror...
Y mi amor fue tomando forma, igual que una sonrisa tímida.
sábado, 5 de mayo de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
Sin título... y sin que sirva de precedente.
"Todas las obras tienen carácter de cosa. ¿Qué serían sin este carácter? Pero quizás nos moleste esta manera tan tosca y superficial de ver la obra. Tal representación de la obra puede tenerla el guardián o la criada del museo. Debemos, pues, tomar la obra de arte como aquellos que la experimentan y la gozan. Pero también la muy invocada vivencia estética pasa por alto lo cósico de la obra de arte".
Martin Heidegger, Arte y poesía. FCE, 1958, pg.40
Así, sin querer, querido Heidegger, nos damos de bruces con la realidad. La cosificación más brutal de la obra de arte, su hiperformalización -119.9 millones de dólares (91,2 millones de euros), genera automáticamente lo opuesto, la subjetivación más obscena: “Es la máxima representación del miedo, la alienación y por extensión,
simboliza cualquier reacción emocional negativa respecto a cualquier
cosa”. Lo dice Philip Hook, que de esto sabe tela.
Pero, cuestiones subjetivas a parte, y es que poco me importa a donde deben ir destinados esos millones -cuestión externa- o si esa obra es la máxima representación de no se que cosa -cuestión interna-, mi pregunta es: ¿qué se esconde detrás de este juego simbólico? ¿Es necesario un nuevo paradigma estético que haga añicos esta dialéctica impúdica sobre la cual nos movemos a diario?
Proseguimos.
El texto de Heidegger nos abre la puerta a otra cuestión: la relación entre obra de arte/artista creador. La disfunción entre estos elementos, objetivos, se acentúa con la muerte del artista. Resulta ocioso recordar que la obra de arte, cosas de su peculiar materialidad, tiende a durar más en el tiempo que el artista. Pero lo que nos interesa ahora es el "momento" en el que obra de arte y artista coinciden en el tiempo, y es ahí donde el actual paradigma estético muestra su momento más reaccionario, usurpador, desatando su angustia imperiosa, esa necesidad de vaciar de sustantividad to obra de arte para, posteriormente, llenarla de ... comodidades y lujos:
Pero, cuestiones subjetivas a parte, y es que poco me importa a donde deben ir destinados esos millones -cuestión externa- o si esa obra es la máxima representación de no se que cosa -cuestión interna-, mi pregunta es: ¿qué se esconde detrás de este juego simbólico? ¿Es necesario un nuevo paradigma estético que haga añicos esta dialéctica impúdica sobre la cual nos movemos a diario?
Proseguimos.
El texto de Heidegger nos abre la puerta a otra cuestión: la relación entre obra de arte/artista creador. La disfunción entre estos elementos, objetivos, se acentúa con la muerte del artista. Resulta ocioso recordar que la obra de arte, cosas de su peculiar materialidad, tiende a durar más en el tiempo que el artista. Pero lo que nos interesa ahora es el "momento" en el que obra de arte y artista coinciden en el tiempo, y es ahí donde el actual paradigma estético muestra su momento más reaccionario, usurpador, desatando su angustia imperiosa, esa necesidad de vaciar de sustantividad to obra de arte para, posteriormente, llenarla de ... comodidades y lujos:
martes, 1 de mayo de 2012
martes, 17 de abril de 2012
Sobre el después y otros temas
El culto a la persona es uno de los rasgos identificativos de la sociedad en la que estamos inmersos. Hoy, especialmente, el culto al atleta de élite es sin duda uno de los casos más paradigmáticos. Esta idolatría asume el carácter de admiración que, como forma de autoengaño que ve en el atleta cosas que del todo no le pertenecen, o sea, la completud ontológica, está encaminada a lograr un tipo de satisfacción y de felicidad.
Lo cierto es que, a través del ídolo, la masa -sé que el término políticamente correcto es el de afición- descubre la posibilidad de llevar a cabo parte de sus sueños. No hablamos, desde la vulgaridad, de la imperiosa necesidad de fama o dinero, sino de algo más sencillo, más humano, de la necesidad de ser reconocido, de la identidad, del ser alguien. Es así que podemos entender la idolatría como una forma de deseo de reconocimiento caracterizado por la pasividad. Yo me reconozco en el atleta, el cual es el encargado de someterse a una dura disciplina, lo admiro, le sigo, le vitoreo. ¿Y yo?, ¿cuál es mi lugar?, ¿seré capaz de dejar que otro labre-cultive mi identidad?
La masa, o la afición -como sugiere la corrección política-, adolece aquí de una falta de gallardía supina que se desenmascara cuando ese atleta tropieza "malamente". Es aquí cuando nos sentimos engañados, vilipendiados. ¡Se nos ha caído un mito!- vienen a decir. Pero, ¿nos es lícito sentirnos ultrajados? Por el interés te quiero, Andrés.
La masa, o la afición -como sugiere la corrección política-, adolece aquí de una falta de gallardía supina que se desenmascara cuando ese atleta tropieza "malamente". Es aquí cuando nos sentimos engañados, vilipendiados. ¡Se nos ha caído un mito!- vienen a decir. Pero, ¿nos es lícito sentirnos ultrajados? Por el interés te quiero, Andrés.
lunes, 16 de abril de 2012
De la estética formal a la hiperformal
Lo mismo que en política, la evolución de la estética en los últimos dos siglos es la historia del vaciamiento progresivo del arte, de su desvinculación con el horizonte de sentido en el que se sitúa el hombre y con el que trata de superarse, vencer, hacer suya la vida. Este horizonte, el ámbito sustantivo de la estética, es el espacio donde se produce la interacción entre los hombres y el mundo. El producto de esa interacción genera un continuo abastecimiento de medios homogéneos cuyo cometido es el de dar cuenta de las necesidades específicas de los hombres: afecto, subsistencia, identidad, participación, protección, creación, etc. El proceso de reducción o limitación de esas necesidades específicas es lo que podemos llamar como formalización estética.
A bote pronto, los efectos de esta formalización se pueden mostrar en lo extraño que nos puede resultar el vincular la obra de arte a necesidades tan humanas como la afectividad, la protección, etc. Este, pienso, es el centro de atracción de la discusión sobre el arte popular que mantengo con mi amigo Antonio José. Ciertamente, parece mucho más lógico pensar lo estético desde el punto de vista creativo e identitario que desde el afectivo y protector. Sí, pero esa dimensión es indispensable. Con el arte, como con cualquier esfera de la vida, me protego contra lo mudable, contra la intemperie de la vida cotidiana.
La renuncia a tener en cuenta los aspectos afectivos y protectores de la vida humana, lo que incluye no sólo al sujeto sino a su mundo , ese en el que le ha tocado vivir -entraría aquí la ecología-, ha traído consigo la cosificación de la obra de arte. En ese proceso cosificador, la obra de arte hipertrofia determinadas necesidades: sobre todo la de subsistencia -ámbito económico- e identidad. Esa es la condición para que la obra de arte adquiera un valor objetivo en el mercado, que adquiera un precio y que ese precio esté vinculado a una marca. En este sentido hablamos de una estética formal, parcialmente vaciada de su contenido humano. Pero esta estética aún mantiene cierta vinculación con el mundo de la vida porque cree administrar, de la manera más justa posible, los recursos artísticos.
A bote pronto, los efectos de esta formalización se pueden mostrar en lo extraño que nos puede resultar el vincular la obra de arte a necesidades tan humanas como la afectividad, la protección, etc. Este, pienso, es el centro de atracción de la discusión sobre el arte popular que mantengo con mi amigo Antonio José. Ciertamente, parece mucho más lógico pensar lo estético desde el punto de vista creativo e identitario que desde el afectivo y protector. Sí, pero esa dimensión es indispensable. Con el arte, como con cualquier esfera de la vida, me protego contra lo mudable, contra la intemperie de la vida cotidiana.
La renuncia a tener en cuenta los aspectos afectivos y protectores de la vida humana, lo que incluye no sólo al sujeto sino a su mundo , ese en el que le ha tocado vivir -entraría aquí la ecología-, ha traído consigo la cosificación de la obra de arte. En ese proceso cosificador, la obra de arte hipertrofia determinadas necesidades: sobre todo la de subsistencia -ámbito económico- e identidad. Esa es la condición para que la obra de arte adquiera un valor objetivo en el mercado, que adquiera un precio y que ese precio esté vinculado a una marca. En este sentido hablamos de una estética formal, parcialmente vaciada de su contenido humano. Pero esta estética aún mantiene cierta vinculación con el mundo de la vida porque cree administrar, de la manera más justa posible, los recursos artísticos.
Pero ese proceso de formalización puede dar un paso más: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/04/15/actualidad/1334500937_021905.html. Ya no se trata de un convenio o contrato entre iguales, donde la intersubjetividad adquiere todo su protagonismo, sino que ahora el valor del arte se limita a oscuros conceptos similares a los económicos tipos de interés, bonos de deuda, notas de las agencias de calificación. Así pues, pasamos de una estética formal a una estética hiperformal y, por supuesto, la estética sustantiva queda cada vez más alejada, arrinconada en un lugar periférico. jueves, 12 de abril de 2012
En conversación... (con mi amigo Antonio José)
Uno de los problemas del arte en la actualidad es
su cosificación. Museos, salas de concierto, teatros... pueden ser considerados
como los zoológicos o parques naturales del arte. Son lugares donde se protege
la obra aislándola de toda contingencia externa, de toda vinculación con la
vida histórica del hombre. En este sentido, es lógico, sobre todo en tiempo de
crisis económica, que la obra de arte vea peligrar su estatuto ontológico como
objeto privilegiado de culto. Y es que el coste que supone la salvaguarda o
profilaxis de ésta se topa con la cruda realidad: comer o morir. Es así que,
como músico de calle, me sonría, por ejemplo, ante la cacareada muerte del cine
español a causa de la inminente pérdida de subvenciones o ayudas económicas. Si
bien es cierto que no hay que reírse del mal ajeno, si me permito decir que
muchos artistas se han auto-proclamado como “representantes de la cultura”, en
mi opinión, de una manera ilegítima. Y lo más preocupante, diciéndose gente de
izquierdas. Aquí nos puede valer las reflexiones de G. Lukács sobre lo
atractivas que resultaban a los intelectuales y artistas “burgueses” del siglo
XIX las ideas socialistas, pero que, a la hora de la verdad, éstos sentían un
miedo terrible ante la insinuación de que se llevaban a cabo al 100 %: sus
preciadas obras podrían convertirse en papel para envolver las castañas[1].
Esto, creo, les sigue pasando a la mayoría de los
artistas de izquierda liberales de hoy en día. Las ideas progresistas les son
atractivas prima facie, como eslóganes grandilocuentes, quizás porque
saben que no hay nadie en la actualidad que se atreva o pueda llevarlas a cabo,
y me refiero a alguien cercano. Como bien dice Zizek, haciendo hablar a un
izquierdista liberal imaginario: “Siendo realistas, nosotros, la izquierda
académica, queremos parecer críticos y, simultáneamente, disfrutar de los
privilegios que nos ofrece el sistema. Así que bombardeemos el sistema con
demandas imposibles: todos sabemos que estas demandas no se cumplirán, así que
podremos estar seguros de que nada cambiará realmente y podremos seguir
manteniendo nuestra condición de privilegiados[2]”.
Y no lo digo por envidia, pero me gustaría ver,
con la que está cayendo, a Baremboim dirigiendo a una orquesta de jóvenes
provincianos, gente sencilla, con sus problemas, con sus cosas, en vez de esa
espectacular orquesta islámico-judeo-cristiana, la “alianza de civilizaciones”
hecha carne, eso si, a base de talonario. Pero, no nos engañemos, lo que nos
encontramos en realidad en la vida cotidiana, en nuestro quehacer diario, es el
choque, el enfrentamiento en el seno de una misma civilización, la civilización
europea. Y eso se siente especialmente en los lugares de frontera, por ejemplo
España. Este enfrentamiento no es más que el síntoma de un proceso de
vaciamiento de la política, y esto no sólo incumbe a España. Este vaciamiento
de la política consiste en el proceso de postergación de decisiones cruciales que
afectan a nuestra vida. La vida, tal como apunta Ortega, consiste en una
perenne toma de decisiones ante unas circunstancias acuciantes. Esta
incapacidad que mostramos ante la toma de decisiones vitales se solapa con
movimientos grandilocuentes, con los brindis al sol, con las ridículas posturas vacías, en palabras
de Zizek. ¿No es la alianza de
civilizaciones, o choque de
civilizaciones para los ideólogos de derechas, ese mirar hacia otro lado
ante los problemas que me abruman y no soy capaz resolver o asumir?
Decía Ortega que hay que asumir la realidad que
nos ha tocado vivir, y que esta, en lo político, está marcada ya por el libre mercado
mundial. La globalización, pues, no es una opción, es el camino que hemos
querido seguir. Y la globalización implica la multiculturalidad. ¿Por qué no
asumimos que no hay civilizaciones sino una única civilización y que los
problemas con los que nos enfrentamos son los que hemos decidido tener, los
problemas que traen consigo el mundialización de la vida, el tener que tratar
con el Otro, el diferente, el distinto? Otra cosa no es el libre mercado. Pero,
¿el Estado moderno está preparado para esto?
Ortega titulaba el capítulo XIII de la primera
parte de “La Rebelión de las masas[3]”:
EL MAYOR PELIGRO, EL ESTADO. Ese peligro venía, como bien apuntaba en
capítulos anteriores en relación a la ciencia, de la especialización. Yo lo
llamaría cosificación, pero lo mismo da, que da lo mismo. Como ves, vuelvo al
principio, si me permites este giro
estético-político: Este es el mayor peligro que hoy amenaza a la
civilización: la estatificación de la vida, el intervencionismo del Estado, la
absorción de toda espontaneidad social por el Estado; es decir, la anulación de
la espontaneidad histórica, que en definitiva sostiene, nutre y empuja los
destinos humanos[4].
Ciertamente, y esto no es un problema solo español, el Estado moderno europeo
está sufriendo este anquilosamiento que le ha llevado a la crisis. En este
sentido, la comunidad europea puede ser entendida como esa ridícula postura vacía –no hay más que escuchar las palabras de
Sarkozy con respecto a España en estos días. ¿No es el problema de España un
problema europeo? La mano a cuello. Las dos Españas, las dos Europas, los dos
hemisferios, etc. Recuerdo al cuerpo de profesores: funcionarios vs interinos,
los del pueblo vs los de fuera, los interinos con tiempo de servicio vs los
interinos sin tiempo de servicio, los funcionarios pata negra vs los
funcionario nuevos, etc. El cuento de nunca acabar. El peligro de la especialización,
que diría Ortega.
sábado, 17 de marzo de 2012
Instantánea
![]() |
| Foto de Manxo Teixeiro Jarsia |
No conozco a Manxo. Vamos, si tenemos en cuenta el modo tradicional de conocer a las personas. Manxo lleva unos cuantos campeonatos haciéndonos fotos y tiene el gusto de hacérnolas llegar vía facebok o vía blog personal: racewalkingphoto.blogspot.com.es. Aún no he sido capaz de localizarlo en carrera para, al menos, verle su cara. Así son las cosas. En cualquier caso, y en la distancia del entramado ciber-espacial, me queda agradecer su dedicación y el que nos haga disfrutar de nosotros mismos y de nuestro trabajo por unos momentos.
Por ello, copio un texto de Saint-Exupéry que mi amigo Antonio me dio a conocer el otro día, creo que es oportuno sacarlo a relucir:
Mientras tanto, se me planteó el problema del sabor de las cosas. Y los
de este campamento fabricaban vasijas de barro que eran bellas. Y los
de este otro, las fabricaban feas. Y comprendí con evidencia que no
había ley formulable para embellecer las vasijas. Ni con inversiones
para el aprendizaje, ni mediante concursos y honores. Observé incluso
que aquellos que trabajaban en nombre de una ambición distinta, por la
calidad del objeto, aun si consagraban las noches a su trabajo, sólo
lograban objetos pretenciosos, vulgares y complicados. Porque, de
hecho, sus noches en vela las dedicaban a su venalidad; o a su lujuria, o
a su vanidad, es decir, a sí mismos, y ya no se intercambiaban en Dios
intercambiándose con un objeto convertido en fuente de sacrificio e
imagen de Dios, donde las arrugas y los suspiros y los pesados párpados y
las manos temblorosas de haber modelado tanto y las satisfacciones del
atardecer después del trabajo y el desgaste del fervor van a
confundirse. Pues sólo conozco un acto fértil, que es la oración; pero
conozco también que todo acto es oración si es don de sí para llegar a
ser. Es como el ave que construye su nido, y el nido es tibio; como la
abeja que fabrica su miel, y la miel es dulce; como el hombre que moldea
su vasija por amor a la vasija, es decir por amor, es decir por
oración. ¿Crees en el poema escrito para ser vendido? Si el poema es
objeto de comercio, ya no es poema. Si la vasija es objeto de concurso,
ya no es vasija e imagen de Dios. Es imagen de tu vanidad y de tus
apetitos vulgares.
A. de Saint-Exupéry.
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