No he podido resistir la tentación de publicar en mi blog este texto de mi amigo y compañero Antonio José Alcalá. Es difícil pronosticar lo que nos dejará en la memoria, en algún lugar recóndito de nuestro ser, cada libro que leemos. A priori es impredecible. Hace años leí la novela de una autora hindú de la que recordaba vagamente su nombre, y el título de la obra lo había olvidado. He tenido que buscar en mi ordenador la ficha que hice del libro en su momento. Recordaba vívidamente, sin embargo, una pequeña anécdota que se narraba dentro del marco general del argumento. Olvidé la historia, recordé el detalle, resumo la anécdota que viene al pelo con el tema de este artículo. Tenía un señor dos hijos gemelos: Pete y Stuart. Pete era optimista y Stuart, pesimista. El día en que cumplieron trece años, su padre le regaló a Stuart, el pesimista , un espléndido reloj, una caja de carpintero llena de herramientas y una bicicleta. A Pete, el optimista , le llenó su cuarto de estiércol de c...
Y mi amor fue tomando forma, igual que una sonrisa tímida.