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En torno a... "El Idiota" de Fiodor Dostoyevski

Pecaría de inocente si empiezo diciendo que el límite de todo ser humano es la muerte. No es más que una perugrullada... pero, quizás sea eso, la manera como nos relacionamos con la muerte, lo que nos caracteriza a los seres humanos. Somos conscientes de ella y, de hecho, la vida no sería más que la manera de enfrentarnos a la muerte, no en el sentido de esquivarla, sino en el de transcenderla. El arte y la ciencia son, a grandes rasgos, los ejemplos más claros. Y, como el miedo a la muerte el libre, es lógico que el arte y la ciencia sean libres, es decir, que no puede haber una regla que determine de antemano cómo debe ser el arte y cómo debe ser la ciencia.

Entonces, ¿vale todo arte y toda ciencia? No, evidentemente. Y de esto trata "El Idiota", de que no todo vale. Precisamente, hay una frase del propio Dostoyevski que deambula, si me permites esta expresión, por el "imaginario colectivo":
Si Dios no existe... todo está permitido; y si todo está permitido, la vida es imposible
En definitiva, lo que nos puede enseñar "el idiota" es la necesidad de transcender la muerte porque, si no, la vida sería imposible, la vida humana, evidentemente. Pero ese transcender se ve socavado por dos tendencias dañinas y contrarias que se ven atrapadas en lo que podríamos llamar el "horizonte de sucesos" de la muerte. Y es la historia del condenado a muerte, que cuenta el príncipe Myshkin (el idiota) a los Yepanchín nada más conocerse, la que nos describe esas fuerzas:
Ese hombre había sido llevado al patíbulo, donde le leyeron la sentencia de muerte por fusilamiento por haber cometido un delito político. Unos veinte minutos más tarde le fue leída otra sentencia en que se le conmutaba la pena de muerte y se le imponía otra pena por su delito; pero en el intervalo vivió con la absoluta convicción de que dentro de unos minutos estaría muerto. 
Es en esos minutos, los momentos en los que tomamos consciencia de la muerte, cuando el reo se imagina el qué haría si sobrevive a esa sentencia, "¿y si volviese a la vida?"... sin duda, trataría de aprovechar todos los segundos que le brinda la vida... o no.

Las dos fuerzas son, la consciencia de que vamos a morir, que nos lleva a sumergirnos en el sentido vacuo de la vida, y la diferencia o fractura entre esa misma consciencia y el hecho empírico de la muerte del sujeto consciente, que nos empuja a disfrutar de cada segundo como si no hubiera límite.

En la novela que nos ocupa, las dos tendencias vienen representadas por dos mujeres: Aglaya Ivánovna y Nastasia Filíppovna. La primera, consciente de la decadencia del mundo aristocrático en el que le ha tocado vivir, no es capaz dar un tour de force que rompa con la inercia autodestructiva de su propio ambiente; mientras que la segunda, tampoco es capaz de salir del submundo en el que se encontraba presa, un submundo cuya tendencia es la satisfacción de las necesidades más elementales (instintivas) del ser humano. La figura del príncipe Myshkin aparece como mediadora. Sin él, esas tendencias no se hacen problemáticas en las dos mujeres.

Se suele pensar que, con el avance de la ciencia y del arte, descubrimos que somos insignificantes, nos despojamos de esa aire de superioridad con respecto a la naturaleza que nos rodea; pero, el hombre, más allá de la ciencia y el arte, ya conoce su insignificancia, y la reconoce gracias a la muerte. Es a través de la ciencia y el arte como el hombre supera esa insignificancia. Cabe decir lo mismo de la moral. Y es la moral del príncipe Myshkin, y sus virtudes, las que desencadenan la tormenta en las dos tendencias, y la trama de la novela.

Hay un momento en la novela, cuando ya se consumaban los hechos, en el que me acordé del "no es esto, no es esto" de Ortega en relación a la II República:
Comprenderá que no es en absoluto eso, que es algo enteramente, absolutamente diferente.
Supongo que Ortega llegó a sentirse como un idiota, o por idiota lo tomaron...

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