No existen hechos, sino interpretaciones- nos decía Nietzsche. A primera vista esta frase nos puede llevar a caer en el relativismo más absoluto. Conviene, pues, como también él nos aconsejaba, rumiar la frase a fin de digerir, hacer nuestro su sentido que no es más que un reconocer el estatuto ontológico de la obra de arte. Básicamente, se han tratado de imponer dos formas de considerar la obra de arte. La primera de ellas acentúa el carácter de cosa. Así vista, la obra de arte es un mero contenedor de información que el espectador debe ser capaz de sacar a la luz. La obra de arte, como cosa, se supone guarda unos datos definidos, aunque se pueden manifestar en varios niveles o capas. Las capas más superficiales son las más fáciles de reconocer, son las que tienen acceso la gran mayoría de las personas, la moneda corriente entre el vulgo. Las capas más profundas necesitan más dedicación, aparece la figura del experto, esa persona dedicada al estudio preciso de las obras de arte. ...
Y mi amor fue tomando forma, igual que una sonrisa tímida.