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Diálogo sobre lo público y lo privado... 3



El individuo moderno… y lo público –o lo social- moderno.
Entramos en la era del capitalismo, y con él, se producirán ciertos cambios en la concepción tecno-científica del mundo que afectarán, inevitablemente, a la concepción política del mismo. En primer lugar, como nos descubre Duque, con Copérnico y Kepler se derrumba para siempre la concepción geocéntrica del universo y, con ella, las coordenadas político religiosas de un "arriba" (el cielo) y un "abajo" (el negro seno de la tierra, el infierno cristiano) absolutos[1]. Esto supone que ya no hay espacios sagrados y que todo queda libre para ser conquistado, para ser profanado. En segundo lugar, Descartes reduce la diversidad de lo ente mundano a pura continuidad extensa[2], lo que significa no ya la ruptura del límite entre lo sagrado y lo profano, sino que ahora todo queda a disposición del hombre para ser manipulado, para ser usado. Y en tercer lugar, ni que decir tiene que, como resultado de lo anterior, la figura del técnico emergerá victorioso rotas las rejas que otrora lo mantenían preso en la esfera privada. El técnico utiliza esa nueva masa del mundo para producir objetos útiles e inéditos[3]. Con esto desaparece de los esquemas interpretativos la antaño división de la vida en activa y contemplativa, ya no hay más vida que la productiva.
En este sentido, el auge de lo social da como resultado un nuevo hombre, el hombre ilustrado que, por un lado, nace como ciudadano de pleno derecho de una Nación a la que le exige que colme todas sus aspiraciones y anhelos, y por otro lado, se descubre como miembro, desde el punto de vista genérico, de la Humanidad. El hombre moderno, pues, parece quedar liberado, de una parte, de las ataduras biológicas gracias al desarrollo científico-tecnológico que colmaba las necesidades de subsistencia, y de otra, y gracias al horizonte abierto por la revolución, de las estrecheces de una vida sujeta a los imperativos dogmáticos de la tradición.
Es en este momento cuando prolifera la construcción de espacios y monumentos de carácter público que den cuenta de este nuevo hombre. De esa tarea se ocupa la maquinaria tecno-científica del Estado, que a partir de decretos emanados de constituciones y demás documentos de espíritu universalista, ofrecía un tipo de articulación del espacio con la convicción de que el propio ciudadano terminaría llenándolo de contenido. Pero, tal como apunta Duque, esta operación resultó ser un fracaso por el mero hecho de que ese sujeto estaba ya internamente configurado y estructurado por las leyes capitalistas del Mercado Libre: sujeto en efecto a ellas. (…) Porque el poder que lo construye [se refiere al espacio público] emana de la “lucha por la existencia” sociodarwinista, de la concurrencia feroz entre individuos y Corporations privadas[4], es decir, que el individuo moderno estaba marcado por el interés privado, en esencia contrapuesto al de otros individuos.  En este tipo de lugares se consuma el proceso de desacralización de la vida del hombre, el hombre se convierte en un vulgar consumidor de objetos, tanto físicos como ideales. En este sentido, lo interesante de todas estas construcciones públicas levantadas para el ciudadano de pleno derecho, es que éste parece no cumplir la finalidad que los poderes públicos habían destinado para él, es decir, que lejos de involucrarse de una forma activa en la vida política de la Nación, tal como la Nación pretendía, más bien el ciudadano se sumerge en los circuitos de entretenimiento y diversión que ofrecen visitas guiadas a esos lugares a la manera de peregrinaciones seculares, o incluso, se desboca, tumultuoso, en airadas manifestaciones colectivas[5] dirigidas contra ese mismo Poder que hizo posible ese lugar público. Así, de la misma manera que el mundo se convierte en un conjunto de cosas que pueden ser trabajadas de alguna manera por el propio hombre a través de toda una serie de aparatos y máquinas, el mismo hombre, el individuo de carne y hueso, acabará subsumido en esa misma maquinaria. Ni las ciencias humanas, sociología, psicología, etcétera, podrán liberarse de una noción cosificada del sujeto, de la visión del individuo que acaba por entregarse a esa maquinaria que es el Mercado Libre.
Lo llamativo de todo esto es el hecho de que la esfera pública ha cambiado por completo de coordenadas de comprensión, de tal manera que sea más oportuno referirse a ella, siempre que estemos sumergidos en la modernidad, como la esfera de lo social. Esta esfera, tal como hemos apuntado en el anterior capítulo, quedó cubierta por actividades que pertenecían de suyo a la esfera privada, o sea, la satisfacción de las necesidades vitales de los individuos. Con lo social, en la mayoría de los casos, esas actividades pasan a depender del Estado o Nación, pasan a depender de una administración burocratizada que tiene como objetivo, por un lado, el de colmar las necesidades de los individuos, y por otro, el abrir un espacio para el uso de lo verdaderamente humano en el hombre que es el uso de la razón. Pero, como parece desprenderse de la realidad acuciante, ni una cosa ni otra se lleva a cabo. Porque, ni el paternalismo del Estado o Nación consigue adaptar las necesidades universales del hombre, esas de las que se ofrece garante, a las necesidades del hombre de carne y hueso, ni los espacios público-políticos que levanta ofrecen la oportunidad de desarrollar una vida acorde con el interés público teniendo en cuenta que los propios individuos están marcados por intereses privados contrapuestos. En este contexto, tal como apunta Arendt:
Vivir una vida privada por completo significa por encima de todo estar privado de cosas esenciales a una verdadera vida humana: estar privado de la realidad que proviene de ser visto y oído por los demás, estar privado de una “objetiva” relación con los otros que proviene de hallarse relacionado y separado de ellos a través del intermediario de un mundo común de cosas, estar privado de realizar algo más permanente que la propia vida[6].
En este contexto de la modernidad, esa falta de vinculación entre los individuos, es decir, de falta del tipo de relación que va más allá de los acuerdos mercantiles o basados en la lógica administrativa, produce el fenómeno de la soledad. La sociedad de masas, como fruto de las instituciones público-políticas impersonales a gran escala, no sólo destruye el lugar en el mundo donde desarrollar sus cualidades específicamente humanas, es decir, la razón, sino que también el hogar privado dónde, cuando menos, los excluidos del mundo podían encontrar un sustituto en el calor del hogar y en la limitada realidad de la vida familiar[7]. De esta manera, podemos suponer que el hombre, en relación con la animalidad, no es débil porque tenga que buscarse la vida por el mismo, tal como parece desprenderse del pensamiento neo-liberal actual, sino que el hombre se debilita en el momento en el que se le quitan las herramientas o competencias básicas para poder buscarse la vida por él mismo. Pero no son competencias que le pertenezcan exclusivamente al propio individuo, sino que pertenecen de suyo al conjunto de éstos, son, por tanto, herramientas de carácter social y conciernen a un colectivo[8].
No es de extrañar que uno de los efectos más llamativos de esta situación sea la necesidad de una opinión pública que tiene como función la de ocupar ese lugar público para llenarlo de contenido, contenido que pudiera servir de guía, de norma, para el propio individuo inmerso en este mundo que le es ajeno. Aunque Duque llama a esta tendencia la penetración absoluta de lo público en lo privado[9], evidentemente hay que entender ese lo público a la manera que nos estamos refiriendo, bajo las coordenadas de lo social. Pero a pesar de esa advertencia etimológica, lo que sí nos interesa, es acentuar el cómo lo social, que nace como un movimiento desmesurado, sin límite, de la esfera privada, se muestra incapaz de soportar las consecuencias nefastas de semejante movimiento en el individuo concreto, en el hombre de carne y hueso. Es en este contexto donde emerge, en cierto modo, la vida pública, pero esta vez como fuerza que trata de escapar de los intereses privados impuestos, bien los el Estado garante, o bien por la política empresarial. Es decir, tal como apunta Duque, la vida pública se configura sólo cuando los intereses privados de la intimidad hogareña se ven amenazados (o al contrario, exaltados y reforzados) por la administración estatal o por la política empresarial, y cuando en consecuencia es preciso "echarse a la calle" para reivindicarlos o para celebrar en su compañía su realización[10]. En este caso, frente al movimiento de la modernidad que lleva lo público, lo que tiene que ser, la moral, la estética, y todos sus formas, al ámbito de lo privado, el movimiento de la gente común, de lo que Don Agustín García Calvo llama como pueblo[11], es el de llevar lo privado a lo público, a la discusión pública, con el fin de que sea tenido en cuenta. Es, en cierto sentido, llevar a la plaza pública aquello que queda inutilizado en cualquier proceso de formalización. Porque es curioso que lo sobrante no queda ahí inerte, como bien le gustaría que quedase al Poder, esperando una nueva oportunidad de ser utilizado -reciclado- para cualquier otra función -que es la esperanza del parado, del que ha quedado desclasado porque así lo quiere la economía-, sino que tiende a emerger entre los resquicios que deja todo proceso formalizador. El grado de formalización, o sea, su intensidad y alcance, determinará la presión con la que ese resto no formalizado tratará de escapar, de salir a la luz, de levantar su voz. Por ejemplo, si la formalización ha sido chapucera, la presión que se ejerce sobre lo no formalizado será poca, y por lo tanto, la violencia con la que se manifestará lo sobrante será siempre débil. Por el contrario, si la formalización es intensa, como lo es la Globalización, como ha sido la modernidad, la presión a que es sometida el Pueblo, o sea, la Nada, es muy acusada y la fuerza con la que logrará manifestarse en cualquiera de los resquicios que deja aquella será descomunal. 
            En el sentido que acabamos de asumir, lo privado, por tanto, haría referencia a todo lo que no es Pueblo, a todo lo que no es Nada, o sea, al Ciudadano, al Carpintero, al Músico, al Bombero, etc. Lo privado es cualquier acto de formalización, de determinación de unas fronteras, la asunción de lo Posible frente a lo Imposible. Lo que hemos venido diciendo antes como el resultado de la tarea técnica, del corte. Lo privado, por lo tanto, se articula como un momento necesario para el hombre, pero nunca debe obviar el otro momento, lo público, como fuerza desestabilizadora y a la vez generadora de vida, que pone a prueba las limitaciones de cualquier proceso de formalización. Es así que cuando hablamos del uso de la razón pública nos tenemos que referir al momento en el que el proceso de privatización, en el sentido antes descrito, es cuestionado por unas fuerzas que han quedado al margen de ese proceso, que no han podido ser asimiladas, y, por lo tanto, se quedan sin lugar, sin nada que salvaguarde su subsistencia. En este sentido, son fuerzas desublimadas, descarnalizadas, y por lo tanto, inservibles para el conjunto, en el caso del hombre, para el conjunto de la sociedad.
            Pero quizás podemos dar un paso más en nuestra conversación en torno a lo público y lo privado en relación a esto que acabamos de comentar entre la diferencia entre el pueblo y el ciudadano, o en términos que Ricoeur[12], entre el prójimo y el socius.


[1] Duque, Félix, Op. Cit. Pág. 40.
[2] Ibíd. Pág. 41.
[3] Ibíd. Pág. 42.
[4] Ibíd. Pág. 90.
[5] Ibíd. Pág. 90.
[6] Arendt, Hanna, Op. Cit. Pág. 67.
[7] Ibíd. Pág. 68.
[8] Ya comentamos en el primer capítulo sobre el carácter social o comunitario de la técnica, que en este momento del diálogo aparece bajo los vocablos herramientas o competencias. En este sentido conviene enlazar con lo que ya decíamos en torno al mito de Prometeo y la desconfianza de los gobernantes ante el poder de los technítes y su interés en mantenerlos siempre en el lado de la esfera privada y no en la esfera pública. Sin duda, los gobiernos tecnocráticos actuales ponen en evidencia lo que venimos hablando a lo largo del trabajo, el cómo se ha impuesto la administración privada o doméstica en todos los ámbitos de la vida del individuo, lo que supone que el uso de la fuerza y la violencia quedan justificadas en el gobernante ya que son los únicos medios para superar la necesidad, o sea, mantener cierto nivel de vida de acuerdo con los modos de producción existentes.
[9] Duque, Félix, Op. Cit. Pág. 99.
[10] Ibíd. Pág. 102.
[11] Cfr. García Calvo, Agustín, Contra el hombre, Madrid: Fundación de estudios libertarios Anselmo Loreno, 1996. El pueblo en sí no es nada. Como idea, se diluye como un azucarillo cada vez que tratamos de asirlo, de cercarlo, de marcar su territorio. En definitiva, el pueblo termina siendo la Nada, como imposibilidad de hacerse, de concretarse, como imposibilidad de concepto.
[12] Cfr. Ricoeur, Paul, Historia y verdad, Madrid, Ediciones Encuentro, 1990.

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